Tenemos que hablar de Bad Bunny en la Super Bowl: cuando el símbolo se come a la canción (y aun así gana)

11.02.2026

El domingo 8 de febrero de 2026, el descanso del Super Bowl LX dejó algo más que un "halftime show". Dejó una conversación atravesada por identidad, audiencia global, política, marketing… y, sí, música. Lo raro no es que se discuta, lo raro es cómo se discute. Como si solo hubiera dos bandos posibles. O lo coronas como "histórico" sin matices, o te colocan en la otra esquina del ring.

Y no. Se puede reconocer el impacto cultural sin fingir que todo fue impecable musicalmente.

Un show pensado para decir "aquí estamos"

Bad Bunny llevó al campo un concepto claro, Puerto Rico y la América latina como presencia central, no como decoración. La escenografía (entre lo rural y lo urbano, entre "casita" y diáspora) apuntaba a un relato de pertenencia, raíces y visibilidad. Ese guion simbólico fue el motor del espectáculo y el motivo por el que tanta gente lo vivió como "evento".

La reacción política también se coló rápido. Donald Trump llegó a calificar el show como "terrible" en su red social, en un comentario que fue leído por muchos como el síntoma perfecto de que el show estaba tocando una fibra que va más allá del entretenimiento.

La música: el punto donde se abre la grieta

Aquí está el centro de la discusión real. ¿Aguanta el show si lo juzgas solo por ejecución musical y performance vocal?

Hay críticas repetidas (y legítimas) sobre vocalización, afinación y claridad interpretativa, especialmente en un escenario donde históricamente el listón ha sido de superproducción y precisión. Comparar es inevitable. Cuando el referente mental del público son halftimes como el de Lady Gaga (2017) o clásicos de bandas legendarias, el cuerpo pide excelencia musical además de mensaje.

Y aun así, el show de Bad Bunny no se diseñó como demostración vocal, sino como acto de cultura popular. Baile, códigos, guiños, medleys, iconografía. Eso explica la sensación de muchos: "musicalmente discutible, culturalmente gigante".

Lady Gaga y Ricky Martin: invitados que cambiaron el termómetro

La aparición de Lady Gaga se convirtió, para mucha gente, en el momento musical más rotundo. Presencia escénica, control y ese tipo de interpretación que corta el aire. Su look también se comentó muchísimo, un vestido azul de Luar (Raúl López), con toda la lectura de moda latina y Nueva York que eso arrastra.

Lo de Ricky Martin funcionó distinto. No fue impacto pop, sino relevo generacional, un puente entre oleadas de latinidad mainstream en EE. UU.

Y, después, el postpartido del show siguió en redes. Gaga publicó un mensaje agradeciendo a Bad Bunny tras compartir escenario, alimentando el relato de unidad y momento histórico.

La conversación incómoda: no es "o música o política"

Lo más tramposo que ha dejado este halftime es el marco mental de "si no te gusta musicalmente, es que estás en contra del mensaje". Esa equivalencia es falsa.

  • Puedes aplaudir la dimensión cultural, la reivindicación y el riesgo de poner español e identidad latina en el centro.

  • Y a la vez puedes exigir que, en el mayor escaparate del año, la parte musical esté a la altura del símbolo.

Lo que pasa es que el show fue tan grande como acontecimiento, que mucha gente lo está juzgando como si fuera un discurso, y no un espectáculo musical. Y ahí se descompensa el análisis.

Los números explican por qué esto fue un terremoto (aunque no rompa todos los récords)

En audiencia televisiva en EE. UU., el Super Bowl LX promedió 124,9 millones de espectadores (NBC, Peacock, Telemundo y plataformas digitales), con un pico reportado de 137,8 millones.

El halftime, según mediciones citadas en prensa, rondó los 128,2 millones y quedó entre los más vistos, sin ser el #1 histórico.

Y donde sí parece haber arrasado es en el segundo estadio de 2026, la economía de clips. NBC Sports destacó cifras masivas de consumo en redes para el show en las primeras 24 horas.

Traduciendo: aunque a ti musicalmente te parezca discutible, el show ganó en el ecosistema donde hoy se decide el relato.

Fue un halftime que funcionó como símbolo global y como producto perfecto para la era de redes, pero que deja una pregunta abierta.
¿Queremos que el mayor escenario musical del año se mida por impacto cultural o por excelencia musical?

La respuesta honesta es que debería medirse por ambas. Y quizá por eso este show es tan discutido, porque se nota que el mensaje y la puesta en escena iban en primera clase, y para parte del público, la música no siempre viajó igual de alto.


Redacción: Izan López