Hard rock: un rugido cultural que cumple casi 60 años

El hard rock ya tiene edad suficiente como para ser materia universitaria o para colarse en la vitrina de un museo. No era esa la intención de Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, AC/DC, Aerosmith y compañía, pero el tiempo tiene esa manía, convierte lo que nació como impulso juvenil en patrimonio. El rock & roll era música de jóvenes, pero lo que nadie calculó es que se hizo mayor enseguida.
A mediados de los setenta el rock empezaba a parecer una cosa de dinosaurios. Canciones largas, solos interminables, portadas grandiosas, estadios y más estadios. Y entonces el hard rock (con su pegada y su chulería de barrio, aunque se tocara en Wembley) recordó al mundo que lo esencial era otra cosa, más riffs como martillazos, batería como motor de camión o una voz que te agarraba del cuello y te obligaba a mirar de frente.
La electricidad como idioma moral
Hubo épocas en las que una canción podía ser una frontera. Para quienes aún no habían cumplido los 20 en 1963, los Beatles separaron el ser del no ser. Para quienes atravesaban la adolescencia en 1972, Bowie significó que ya no había vuelta a una idea convencional del mundo. Y para quienes se quedaron clavados en 1970 al escuchar el inicio de "Whole Lotta Love", el riff de "Smoke on the Water" o el terremoto de "Paranoid", la línea divisoria fue otra. La certeza de que la electricidad podía ser un idioma. Un modo de plantarse frente a lo establecido con una sonrisa torcida y un amplificador al máximo.
En un Reino Unido de fábricas y humo, y en una América de carreteras infinitas, el hard rock propuso una fantasía muy concreta: no te van a regalar nada, así que al menos que tu rabia suene enorme.
El exceso también fue una forma de resistencia
Este rugido se consolidó como fenómeno hace ya casi 60 años, y a quienes les alcanzó la onda expansiva de Zeppelin, Purple, Sabbath o los primeros Queen les rondará la nostalgia. Quizá os gustaría que aquel espíritu de exceso y desafío fuese el que hoy le plantara cara a la precariedad, la crispación, el cinismo, el miedo convertido en política. Pero conviene recordar un principio físico. La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.
Ese rugido tiene ahora otra edad, otro acento, otro idioma. El hard rock de pantalones de campana, pósters en la pared y vinilos gastados pertenece, como tantas cosas, a la historia. Igual que sería absurdo intentar fundar un nuevo glam como si estuviéramos en 1973, tampoco tiene mucho sentido empeñarse en revivir el hard rock tal cual.
Puedes sentirte invencible con "Back in Black", marearte con el vértigo de "Child in Time", sentir la insolencia de esos discos que olían a caliente. Puedes comprarte la enésima reedición aniversario de Led Zeppelin II, Machine Head o Master of Reality, con vinilos de colores y libretos de lujo. Pero sigues teniendo la edad que tienes. Y el hard rock también. Y quien hoy molesta de verdad al lado oscuro de la fuerza no es Robert Plant, es otra gente, en otro sitio, con otras herramientas, a veces ni siquiera con guitarras.

Los fogonazos: cuando el rock fue peligroso
Es inevitable volver a aquello. Qué bueno que así sea. Pero es difícil sostener que tenga el mismo efecto social que tuvo en su momento, cuando el rock parecía peligroso por un momento, sin necesidad de demostrar. El pop llega como relámpago, irrepetible, breve, cegador. Elvis en 1956. Stones en 1967. T-Rex en 1972. Kraftwerk en 1978. Soft Cell en 1981. New Order en 1985. Pixies en 1989. Nirvana en 1991. Y así.
El hard rock fue parte de ese resplandor que hace temblar el suelo. Jimmy Page sacando de la nada un riff prehistórico, Ritchie Blackmore haciendo de una melodía simple un himno universal, Iommi inventando una gravedad nueva casi sin querer, Bon Scott cantando como si la fiesta fuese una pelea y la pelea, una fiesta.
Mito, pose y catedral pagana
El hard rock también fue imagen. Pecho al aire, cuero, pelo largo, pirotecnia, símbolos en portadas, la liturgia del escenario como catedral pagana... Hubo titulares alarmistas, padres preocupados por "esa música", moralistas escandalizados porque alguien gritaba demasiado alto. Reporteros preguntando por qué era necesario tocar así, tan fuerte, tan excesivo, tan "innecesario".
Como si la necesidad no fuera precisamente esa, ocupar espacio. Hacerte oír cuando tu vida no te dejaba.

La nostalgia: sí, pero sin confundirla con presente
El sexagésimo aniversario del hard rock lo celebrarán, sobre todo, quienes ya pasaron de cierta edad. Y lo harán con la mezcla exacta de nostalgia y gratitud, por haberlo vivido cerca, o desde una habitación con pósters, justo en el momento en que empezaba a preocuparles no encajar en ninguna parte.
El hard rock tenía esa promesa rara, no prometía encajar, prometía resistir. Era una comunidad de volumen compartido. Una hermandad de adolescentes, currantes y raros que, sin conocerse, se entendían con solo escuchar el primer compás.
Cuando "hard rock" se vuelve etiqueta
Después de tantos años dando tumbos, "hard rock" se ha convertido en una etiqueta que se usa para todo. Para decir "duro", "sin concesiones", "a saco". A veces incluso para justificar la brusquedad, como si ser áspero fuese un mérito. Pero el hard rock no era solo testosterona ni solo ruido, también era melodía, oficio, artesanía, una forma de belleza exagerada.
Y, sobre todo, era una respuesta. Una respuesta a la sensación de estar atrapado, a la necesidad de salida, al deseo de que el cuerpo sintiera algo real. Yo, de hecho, añadiría algo más. El hard rock es de cualquiera que se sienta fuera de lugar (por su familia, por su clase, por su manera de amar, por su manera de existir). Quien crea que esto va de levantar banderas de odio, humillar al débil o confundir fuerza con crueldad, no ha entendido nada. Eso no es dureza, es vacío. Es, precisamente, parte de aquello contra lo que rugía esta música.

De eso iba el hard rock cuando importaba, de convertir presión en sonido. De decir "estoy aquí" con un riff. De encontrar, entre distorsión y sudor, una forma de dignidad. Y aunque hoy ya no sea el centro del mundo, sigue siendo un lugar al que volver cuando hace falta recordar que, alguna vez, la electricidad fue una manera de sobrevivir.
Redacción: Izan López
