Muse y la señal que vuelve del espacio: una pequeña review de The Wow! Signal

Los veteranos británicos presentan su décimo álbum abrazando, una vez más, todo aquello que hace reconocible a Muse: ciencia ficción, bajos enormes, falsetes, electrónica y guitarras que no conocen el término medio. El resultado es excesivo, irregular y, precisamente por eso, profundamente suyo.
Muse – The Wow! Signal
Discográfica: Warner Music Spain
Género: Rock
Hay bandas que con el paso de los años aprenden a contenerse. Muse no parece especialmente interesada en formar parte de ese grupo. Matthew Bellamy, Chris Wolstenholme y Dominic Howard llevan décadas haciendo de la exageración uno de sus principales lenguajes: riffs gigantescos, bajos distorsionados, falsetes imposibles, sintetizadores, orquestaciones y una recurrente fascinación por conspiraciones, futuros distópicos y vida más allá de la Tierra.
En The Wow! Signal, su décimo álbum de estudio, vuelven a mirar hacia arriba. El título remite a la misteriosa señal de radio detectada en 1977 desde la constelación de Sagitario, aquel breve fenómeno que quedó para siempre asociado a una anotación tan sencilla como sugerente: «Wow!». Es difícil imaginar un concepto más apropiado para Muse.
Diez canciones y alrededor de 45 minutos después, la sensación es bastante clara: estamos ante un disco reconociblemente Muse, pero también ante uno que funciona mejor cuando consigue ordenar todos sus excesos.
Un comienzo que tarda en despegar
Curiosamente, el primer tercio es el que menos impacta. No porque falten ideas ni producción, sino porque el álbum parece necesitar unos minutos para encontrar su verdadera personalidad.
The Dark Forest abre la transmisión con toda la épica esperable. Hay guitarras galopantes que inevitablemente recuerdan al ADN de Knights of Cydonia, pero envueltas aquí en una atmósfera mucho más cinematográfica y de cierto carácter arábigo. Es Muse entrando por la puerta grande: teatralidad, tensión y sensación de estar ante la banda sonora de una aventura desproporcionadamente cara.
Con Nightshift Superstar aparece un enfoque diferente y bastante más interesante. Su ambiente de funk futurista y cyberpunk encuentra en el falsete de Bellamy un curioso punto de encuentro con Prince. Sin embargo, las cuerdas resultan algo más discutibles. No están mal ejecutadas, pero parecen añadidas a una canción que quizá habría ganado manteniendo un carácter más estrictamente electrónico.
Shimmering Scars baja las pulsaciones. Es más lenta, melancólica y atmosférica, con una producción especialmente cuidada y, de nuevo, abundantes arreglos de cuerda. No es necesariamente uno de los grandes momentos del disco, pero sirve para abrir una grieta emocional entre tanta maquinaria.
Y entonces The Wow! Signal empieza realmente a crecer.
Chris Wolstenholme, protagonista inesperado
Si hay algo que merece un aplauso especial en este álbum es el trabajo de Chris Wolstenholme.
El bajo es posiblemente uno de los elementos más satisfactorios de todo el disco. No se limita a sostener las canciones: empuja riffs, construye grooves, ocupa los graves con enorme autoridad y permite que las guitarras encuentren otros espacios dentro de la mezcla. Tanto su sonido como su producción y algunas de las decisiones interpretativas de Wolstenholme convierten el instrumento en uno de los grandes protagonistas de The Wow! Signal.
No es ninguna novedad que el bajo sea fundamental en Muse, pero aquí vuelve a recordar por qué el trío puede sonar tan gigantesco sin necesitar una muralla permanente de guitarras.
Precisamente cuando el álbum entra en su segundo tercio aparecen algunos de sus mejores momentos. Hay riffs que remiten inmediatamente al Muse clásico —incluso algún timbre que recuerda inevitablemente a Plug In Baby—, arpegiadores espaciales, efectos electrónicos y esa capacidad tan característica del grupo para pasar de algo relativamente contenido a una explosión casi absurda.

Be With You y el mejor tramo del álbum
Be With You es uno de esos ejemplos. Empieza de forma contenida y termina convertida en una auténtica ceremonia, casi entre el góspel y la plegaria. Bellamy vuelve a recurrir al falsete mientras la canción crece hasta alcanzar un desenlace completamente apoteósico.
Es uno de los temas que mejor resume la filosofía de este Muse: si una emoción puede expresarse con diez elementos, ellos probablemente utilizarán treinta.
También destaca Hexagons, donde los habituales arpegiadores y efectos espaciales construyen una sensación de oscuridad y deriva cósmica. Hay pequeños juegos rítmicos que inicialmente parecen alterar el tempo cuando, en realidad, modifican nuestra percepción de él. Son detalles que funcionan especialmente bien cuando se interiorizan y demuestran que, debajo de toda la pirotecnia, sigue existiendo una banda preocupada por los arreglos.
The Sickness In You & I, por su parte, se mueve hacia terrenos más macarras. Su groove es fantástico y aporta un punto de frescura dentro de un lenguaje que conocemos sobradamente. Es probablemente una de las canciones más redondas del álbum: directa, oscura cuando necesita serlo y con suficiente personalidad para funcionar como single sin parecer simplemente un resumen del pasado del grupo.
Entre el espacio exterior y las heridas interiores
El concepto cósmico podría haberse quedado fácilmente en decorado, pero The Wow! Signal encuentra algo más interesante cuando utiliza el espacio como vehículo para hablar de fragilidad, pérdida, heridas afectivas y necesidad de compañía.
Muse lleva años construyendo universos antes que simples colecciones de canciones. La diferencia es que aquí la ciencia ficción no parece estar exclusivamente al servicio de conspiraciones y distopías. Hay momentos más vulnerables entre los amplificadores y sintetizadores.
Eso no significa que Bellamy haya descubierto repentinamente la sutileza.
El disco continúa lleno de coros enormes, guitarras mastodónticas, cambios bruscos de intensidad, arreglos orquestales y estribillos concebidos como si cada uno tuviera que acompañar el clímax de una película. Pero esta vez la banda parece asumir su propia naturaleza en lugar de intentar escapar de ella.
Incluso Hush, con Ellie Goulding, juega con contrastes muy marcados entre secciones suaves y explosiones instrumentales, incorporando una voz invitada que introduce otro color dentro del universo del trío.
Y para cerrar aparece Space Debris. Después de todo el viaje, resulta acertado terminar con una canción más intimista y orgánica. Voz e instrumentación respiran de otra manera y permiten que el álbum desaparezca progresivamente en lugar de intentar rematarlo con otra explosión.

The Wow! Signal no reinventa a Muse. Tampoco necesita hacerlo.
Hay ecos evidentes de diferentes etapas de su carrera y momentos en los que la banda vuelve a acercarse peligrosamente a la autoparodia. Quien nunca haya soportado los excesos de Bellamy difícilmente encontrará aquí motivos para cambiar de opinión. Quien disfrute precisamente de ellos probablemente encontrará bastante que celebrar.
Sobre todo porque, después de diez discos, sigue existiendo algo admirable en esa negativa casi obstinada a reducir las dimensiones.
El segundo tercio es el verdadero corazón del álbum, el tramo final mantiene bien el nivel y el comienzo resulta algo menos inmediato. Pero la producción, el trabajo rítmico y, especialmente, un Chris Wolstenholme extraordinario al bajo terminan inclinando la balanza.
Como la señal que le da nombre, The Wow! Signal llega desde algún lugar extraño, hace mucho ruido y no ofrece demasiadas respuestas. Pero consigue algo quizá más importante: que sigamos prestando atención para descubrir qué demonios acaba de llegar desde el espacio.
Redacción: Izan López
