Rodrigo Cuevas en Barcelona: un espectáculo de autenticidad, folclore y cabaret

El pasado 9 de mayo, Rodrigo Cuevas convirtió el Sant Jordi Club en una romería contemporánea donde el folclore, el cabaret, la reivindicación queer y la fiesta popular convivieron durante más de dos horas en absoluto estado de gracia. El asturiano presentó Manual de belleza dentro de la programación de Guitar BCN ante 3.600 personas que confirmaron algo que ya resulta imposible ignorar: Rodrigo Cuevas ha dejado de ser una rareza fascinante para convertirse en uno de los artistas más importantes, únicos y magnéticos del panorama español actual.
Ahí estaba él, bien plantado sobre el escenario, bigotillo en ristre y vestido de blanco níveo, moviéndose entre la sensualidad y el humor con esa naturalidad imposible que solo poseen quienes entienden el escenario como una extensión absoluta de sí mismos. Decía sorprenderse por tocar en un recinto tan grande, aunque el gesto, la sonrisa y el tono de voz dejaban claro que el comentario escondía dobles sentidos y picardía. El Sant Jordi Club respondió con carcajadas cómplices. Rodrigo no necesita ya presentación alguna. Y aun así, las pantallas lo introducían con la voz y presencia de Rossy de Palma, como si el concierto fuese a punto de comenzar dentro de un viejo cabaret popular perdido entre Asturias y Barcelona.
Porque eso fue exactamente La Belleza: un cabaret folclórico, queer y profundamente humano donde cada gesto, canción y mirada parecían diseñados para celebrar la diferencia sin convertirla en eslogan. Rodrigo lo dejó claro desde el inicio. Aunque confesó estar preocupado por el contexto sociopolítico actual, explicó que no tenía intención de reivindicar "cosas que ya superamos en primero de EGB, ya estamos en sexto". No necesitó desarrollar mucho más. Su propia existencia sobre el escenario ya funcionaba como declaración política y cultural.
El concierto arrancó con "Un mundo feliz", una especie de utopía marica y festiva donde "los porteros de les discoteques trátente con mucha educación, los ricos no van al espacio y todo el mundo es maricón". Desde ese instante, el público entendió perfectamente el código de la noche: humor, deseo, identidad y tradición mezclados sin jerarquías. Mientras agitaba un enorme abanico de plumas y recorría el escenario con zuecos y pantalón ajustado, Cuevas abrió las puertas del universo de Manual de belleza, un disco que explora precisamente la idea de la belleza desde lo normativo y también desde aquello que históricamente fue marginado.
La primera parte del concierto funcionó casi como una representación teatral. Rodrigo aparecía frente a un tocador maquillándose mientras interpretaba "BLZ", una canción dedicada a la belleza en todas sus formas, "la que hace que te crezca el bulto del pantalón", como canta entre ironía y sensualidad. Más tarde, en "La hermana cautiva", recorría la lengua de escenario mordiéndole el aire al público con esa gestualidad felina y provocadora tan característica en él, mientras las melodías populares se mezclaban con bases electrónicas y urbanas.

Visualmente, el espectáculo estaba diseñado hasta el último detalle. El escenario aparecía decorado con cortinas hechas de panoyes, biombos, iluminación cabaretera y elementos que mezclaban romería popular con estética queer vintage. En las pantallas laterales se proyectaban falsos anuncios de perfumes y productos de belleza protagonizados por el propio Rodrigo en clave irónica, reforzando esa idea constante de performance y sátira sobre los códigos tradicionales de masculinidad y deseo.
El segundo bloque del concierto profundizó todavía más en el componente folclórico. Muñeiras electrificadas, pasodobles y canciones populares convivían con sidra escanciada en directo y una banda absolutamente entregada al caos festivo. Fue ahí donde apareció uno de los momentos más emocionantes de la noche: "Rambalín", el homenaje acústico a Alberto Alonso Blanco, conocido como Rambal, transformista gijonés asesinado en 1976 en un crimen jamás resuelto. Rodrigo recordó cómo la intolerancia y la brutalidad acabaron con su vida hace ya cincuenta años, conectando memoria histórica y reivindicación LGTBIQ+ desde la emoción más honesta.
Antes había sonado "Xardineru", probablemente una de las mejores muestras de cómo Cuevas utiliza el humor para lanzar verdades incómodas con absoluta naturalidad. "Pa acabar con la plaga del pulgón / Lo meyor ye tener la casa siempre llena de mariquitas", cantaba entre ritmos de son cubano y carcajadas generales.
Pero si algo terminó de convertir el Sant Jordi Club en una auténtica fiesta popular fue el tercer acto del espectáculo: "Romería". Allí desapareció cualquier contención posible. Rodrigo apareció subido a unos tacones imposibles sobre los que bailaba con una agilidad surrealista mientras el público levantaba los brazos y transformaba la pista en una verbena queer multitudinaria. Sonaron "Veleno", "Xiringüelu", "Cómo ye?!" o la explosiva "Más animal", mientras sus bailarines terminaban desnudándolo completamente antes de abandonar el escenario camino a camerinos. Por suerte —o por desgracia, según quién mirase—, decidió hacerlo de espaldas.
Entre canción y canción, Rodrigo confirmó una vez más que su capacidad performativa no depende únicamente de la música. Su talento para el humor, el doble sentido y la improvisación lo convierten en algo mucho más cercano a un maestro de ceremonias de cabaret que a un cantante convencional. En uno de los momentos más celebrados de la noche, se definió como "poeta", aunque rápidamente aclaró que no exactamente "un Garcilaso de la Vega, sino un Garcilaso de la Verga". En boca de cualquier otro artista, la frase podría haber resultado burda. En Rodrigo Cuevas, acompañada de miradas, silencios y sonrisas, se transformó en puro carisma.
También hubo espacio para lanzar alguna pulla cultural. Rodrigo pidió al público asistir a las fiestas populares de sus pueblos antes que "hacer el ridículo en Coachella", reivindicando así el valor de la tradición, lo comunitario y la cultura popular frente a cierta espectacularización vacía de la música contemporánea.
La recta final del concierto llegó con "El día que nací yo", "Una muerte real" y "La fiesta", canciones que terminaron de sellar una noche donde todo parecía celebrado desde la libertad absoluta. Porque eso es exactamente Rodrigo Cuevas sobre un escenario: una celebración constante de la identidad, del deseo, de la diferencia y de la cultura popular entendida como algo vivo, mutante y profundamente contemporáneo.

Mientras en otra parte de Barcelona Fangoria presentaba nuevo disco ante una sala llena, Rodrigo demostraba que existe un espacio enorme para propuestas capaces de mezclar folclore, electrónica, cabaret, activismo y humor sin perder autenticidad. Y quizá esa sea precisamente la mayor victoria de Cuevas: haber conseguido que miles de personas canten muñeiras queer, bailen pasodobles electrónicos y celebren la vida colectiva como si todo ello hubiese formado siempre parte del mismo imaginario popular.
Porque en el universo de Rodrigo Cuevas, efectivamente, la belleza nunca fue normativa. Y eso es exactamente lo que la hace tan necesaria.
Redacción: Izan López, Ruth Coll
Fotografía: Izan López
Acreditación: The Project
