Sergio Dalma conquista Donosti con un concierto que une a tres generaciones

15.03.2026

El pasado 14 de marzo, el palacio de congresos y auditorio Kursaal de San Sebastián vivió una de esas noches que recuerdan por qué la música en directo sigue siendo un punto de encuentro entre generaciones. Sobre el escenario, Sergio Dalma, una de las voces más reconocibles del pop español, demostraba que después de más de tres décadas de carrera su conexión con el público permanece intacta. 

La expectación se percibía incluso antes de cruzar las puertas del auditorio. Dos colas kilométricas se extendían desde la entrada del Kursaal hasta prácticamente alcanzar el puente cercano. En ellas se mezclaban tres generaciones distintas. Había quienes crecieron escuchando sus canciones, quienes las descubrieron con el paso de los años y también quienes las estaban viviendo por primera vez. Un público variopinto que compartía una misma expectativa.

Cuando Sergio Dalma apareció y empezaron a sonar las primeras notas, el ambiente cambió de inmediato. El auditorio estalló en gritos y halagos, una acogida enorme que reflejaba la emoción acumulada tras la espera. Muy cerca del escenario, ocho mujeres (de edades diferentes y claramente amigas) se pusieron de pie para cantar con él. Durante unos segundos, un foco de luz también las iluminó a ellas, convirtiendo ese instante en una escena casi cinematográfica: artista y asistentes compartiendo protagonismo en una misma canción.

El concierto avanzaba apoyado en algunos de los temas más emblemáticos de su repertorio. Con Volare, el auditorio entero pareció despegar del suelo. Poco después llegó Baila morena, que añadió un ritmo más festivo a la noche; y cuando sonaron los primeros acordes de Yo no te pido la luna, el Kursaal se transformó en un coro colectivo en el que miles de voces acompañaban cada palabra.

Entre los momentos más intensos también hubo espacio para la pausa. La energía del concierto se redujo a un tramo más íntimo en el que todo quedó reducido a piano y voz. Mientras el pianista acompañaba con delicadeza, Sergio Dalma interpretaba Ancora con una cercanía que transformaba el gran auditorio en un espacio familiar. 

Entre canción y canción, el artista compartía anécdotas que conectaban directamente con la memoria del público. Hablaba de aquellas primeras fiestas, de las canciones que sonaban cuando uno intentaba impresionar a alguien especial, de los solos de guitarra que parecían durar eternamente mientras todos miraban. Historias sencillas que trasladaban al auditorio a otra época en blanco y negro.

Mientras tanto, la música seguía creando pequeñas escenas dentro del propio concierto. En primera fila, una niña de apenas ocho años bailaba sin parar. La imagen resultaba tan curiosa como simbólica, distintas generaciones conectando con la misma música, compartiendo la misma emoción.

Sergio Dalma tampoco dejó de acercarse al público durante toda la noche. En varios momentos caminó hasta el borde del escenario para estrechar manos, saludar y abrazar a quienes estaban más cerca. Uno de los instantes más emotivos llegó en la recta final, cuando una mujer le entregó un ramo de flores. El cantante lo recibió con gratitud y respondió con un abrazo tanto a ella como a su familia, gesto que provocó un nuevo aplauso colectivo.

Cuando el concierto parecía llegar a su final, el auditorio empezó a corear al unísono una petición inevitable: "¡Otra, otra!". Las voces se multiplicaron por toda la sala hasta que el artista volvió a aparecer sobre el escenario. El bis llegó con dos canciones más, interpretadas con todo el público ya de pie, cantando y celebrando los últimos minutos de la noche. 

Finalmente, Sergio Dalma se despidió agradecido entre aplausos que tardaron en apagarse. El concierto dejó una sensación clara, la de un artista que sigue llenando salas, despertando recuerdos y reuniendo a varias generaciones bajo las mismas canciones. 


Redacción: Nahikari Urruzola

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