Tom Odell en España 2025: dos noches, un mismo nudo en la garganta

Tom Odell volvió a España con su "Wonderful Life Tour" y lo que dejó no fue solo un par de conciertos impecables: dejó esa clase de sensación que se te queda pegada varios días, como si las canciones siguieran sonando por dentro aunque ya estés de vuelta en la calle.
Fueron dos paradas consecutivas, muy distintas en tamaño —Club Sant Jordi en Barcelona y Movistar Arena en Madrid— pero unidas por lo mismo: un público entregado, un repertorio construido para abrirte en canal y un Tom Odell capaz de convertir un recinto grande en un lugar íntimo con solo un piano, una luz blanca y el silencio exacto.
Barcelona, 30 de noviembre: el Sant Jordi Club ya estaba arriba antes de que saliera Tom
La noche empezó fuerte antes de que Tom Odell apareciera. Y no es una frase hecha: los teloneros marcaron el clima desde el primer minuto.
Primero salió Delilah Montagu, amiga cercana de Tom, y el inicio fue especialmente bonito. Ella lo dijo sin rodeos: estaba nerviosa. Era la primera vez que tocaba en una sala tan grande y, aun así, salió sola con la guitarra, sin efectos, todo "a pelo".
Hubo un detalle que lo humanizó todo: al enchufar, el ampli soltó un "pop" raro. Delilah se rió con esa cara de "vale, genial, empezamos así". Y lo mejor fue la respuesta: la gente la apoyó enseguida. Se notó cómo se relajaba a partir de ahí. Cantó dulce, íntima, y sembró el tono perfecto para lo que venía después.
Más tarde volvería a salir con Tom para cantar juntos y ahí se vio algo muy evidente: complicidad real. Les quedó precioso, como cuando dos voces se conocen de memoria.

Después llegó David Kushner y el ambiente cambió de temperatura al instante. Fue un "wow" automático: voz enorme, presencia que llena la sala sin necesidad de moverse, y un público que reaccionó desde el primer tema. Dejó el espacio preparado para que Tom entrara con la energía exacta: alta, tensa, lista para explotar… pero también lista para callarse de golpe.
Cuando por fin apareció Tom, el Club Sant Jordi gritó entero. Pero en cuanto tocó el primer acorde, ocurrió algo precioso: silencio total.
Salió de la forma más sencilla posible: él solo, un foco blanco y el piano. Y un detalle escénico que lo cambió todo: una pasarela pequeña delante de la primera fila, como prolongación del escenario, que desde el inicio daba la sensación de que la iba a usar para acercarse al público.
Arrancó con "Strange House" y, desde ese primer acorde, ya se intuía el destino de la noche: emoción sostenida.

El concierto se movió con mucha elegancia entre canciones nuevas —que en directo sonaban más cálidas— y los clásicos que todo el mundo esperaba. Sonaron, entre otras:
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I Know
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Heal
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Black Friday
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Best Day of My Life
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Can't Pretend
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Another Love
Tom bajó varias veces a la pasarela para cantar muy cerca, casi como si estuviera dentro del público. Eso hizo que todo se sintiera íntimo sin perder la emoción de un show grande.
Hubo un pico especialmente intenso cerca del final con "Heal": la sala cantaba tan fuerte y tan sincronizada que parecía un coro enorme.
Y Barcelona tuvo su momento propio: Tom dedicó unas palabras a la ciudad, dijo que cada vez que venía algo se le recolocaba por dentro, y que le encantaría mudarse allí. El aplauso fue inmediato y enorme.
El público estuvo impecable toda la noche: cantando sin tapar, respetuoso, parejas abrazadas, grupos de amigas balanceándose, ojos cerrados. Pero cuando llegó "Another Love", ya fue comunión total. Tom la eligió para cerrar: intensa, sentida, y cantada por toda la sala como si fuera la última canción de sus vidas.
El final tuvo un detalle precioso: tras "Another Love", mientras Tom se despedía, la banda fue saliendo uno a uno hasta la pasarela para saludar a la primera fila, como un agradecimiento personal. Tom también se acercó, dio las gracias varias veces y se fue con esa sonrisa tímida suya, de quien parece estar igual de impactado que el público.

Madrid, 1 de diciembre: el Movistar Arena como un teatro emocional
Al día siguiente, Tom Odell llegó a Madrid y llenó el Movistar Arena con un concierto de los que te acompañan durante días.
De nuevo, la noche empezó con Delilah Montagu, con un set íntimo y delicado: voz suave, presencia tranquila, introducción perfecta.
Y después, David Kushner volvió a hacer lo suyo: ese estilo profundo y melancólico que consiguió algo difícil en un recinto grande: dejar al público en silencio absoluto más de una vez.

A las 21:08, las luces cayeron de verdad y llegó el momento esperado. El recinto estaba lleno de gente joven (muchos entre 18 y 30), con una presencia notable de público internacional mezclado con el español. Al principio, todos estaban sentados y bastante tranquilos, pero la emoción se notaba: estaba en el aire, contenida.
Tom arrancó con "Strange House" y "The End of the Summer", acompañado por un juego de luces preciso, marcando cada cambio de intensidad como si iluminara emociones, no solo el escenario.
Con "Flying :))" y "Best Day of My Life", el concierto fue cogiendo cuerpo; con "Can't Pretend" se notó uno de los primeros subidones generales. La gente empezó a soltarse, a levantarse, a cantar más alto.
Uno de los momentos más especiales llegó cuando Tom habló del cariño que tiene por David Kushner, dejando claro que comparten una amistad fuerte.
Y poco después llegó una de las escenas más emotivas del show: "Butterflies" junto a Delilah Montagu. Fue especialmente bonito por lo bien que encajaban las voces, sin esfuerzo, como si la canción hubiese nacido para ese cruce.

El sonido y la iluminación estuvieron perfectos durante toda la noche: claros, potentes, sin fallos. La puesta en escena se apoyaba en pantallas y luces que reforzaban los clímax sin tapar lo esencial: canciones y emoción.
Tras "Black Friday", Tom hizo el clásico amago de despedida. Pero nadie se lo creyó: faltaba el final grande.
Volvió para un encore de cinco canciones, entre ellas "Heal", "Somehow" y, como era inevitable, "Another Love". Ahí el público se entregó del todo: gritos, aplausos y algún llanto inevitable. Fue uno de esos momentos en los que el concierto deja de ser espectáculo y se convierte en algo compartido, físico.
En total, unas dos horas que pasaron volando.

Barcelona tuvo el abrazo cercano de la pasarela y un cierre casi personal. Madrid tuvo la dimensión del gran recinto convertido en teatro emocional. En ambas, Tom Odell volvió a demostrar algo muy concreto: no necesita grandes artificios para llenar un espacio. Le basta un piano, una buena banda, una sensibilidad única y la capacidad —rarísima— de hacer que miles de personas guarden silencio a la vez.
Y luego, claro, está "Another Love": ese final que todos esperan y que, cuando llega, no se siente como un hit… se siente como una despedida necesaria.
Redacción: Marta Suller y Arthur Leonardo
Fotografía: Ciara McMullan y Marta Suller
Acreditación: Live Nation Spain
